¡Ay Perú, Perú! porque te has
vuelto tan impredecible. Antes todo era más fácil. La derrota era casi un hecho
y apostaba siempre por el rival. Así, aunque mi tristeza por el partido se
evidenciaba durante y al término del mismo me quedaba mi premio consuelo: el
dinero ganado. Era pues una costumbre, desde que tengo memoria; ya que, yo nací
viendo un Perú ametrallado por críticas, indisciplinas y con ese viejo recuerdo
que se reposaba en los 70´s. Ese que yo tanto desee vivir.
Una luz de esperanza se asomaba
con la Copa América. Furor, emoción, alegría -es decir, todas esas sensaciones
tan bellas que te da el fútbol- por el tercer puesto en el torneo me dejaban creer
en un Perú distinto. Ese Perú que yo tanto soñé con ver alguna vez estaba ahora
frente a mis ojos. Pensé “¿Así se siente?... Gracias” (no a Dios, porque dudo
de su existencia. Di gracias a la vida).
Estaba entonces sumergido en esa
marea de la emoción y su amigo inseparable: la ilusión. Cuando me di cuenta era
tarde, ya creía en logros buenos, en más alegrías. En ese droga tan sublime que
es gritar goles de victoria. Pero la experiencia en estos pocos años de joven
idealista me ha dejado en claro que nunca debes pensar en cosas tan buenas. Que
ilusionarse solo sirve para aumentar el dolor cuando no se consigue lo esperado,
pues aunque se siente bien, lamentablemente, y maldigo la ilusión por ello: no
es real.
Debes ver el vaso no medio lleno
sino medio vacío. Es mejor, actúas con más cautela. No te confías. Mi mente ya había
como bien se dice en el hermoso lenguaje criollo “pisado tierra”. “Las
eliminatorias son las que importan. Son las que finalmente nos llevarán a
Brasil en 2014 (si antes no se acaba el mundo)”. La mente del ser humano es increíble.
Es fría -comparado con el corazón-, muy fría, calculadora y centrada. Siempre
con las cosas claras.
Debo admitirlo, me equivoque. Yo
y mi mente nos hacemos responsables por lo que creemos. Yo pensé que la
historia feliz, esa que está esparcida en cuantas novelas he leído, eran solo
para los libros o las películas románticas. No para la vida real, no para la simple
vida que me tocaba en este tiempo, en los que el mundo está de cabeza. No pensé
que la pieza de baile durará tanto.
Gracias mi maldito Perú. Gracias
por la victoria, por la alegría, por hacerme sonreír en momentos de mi vida que
la sonrisa aún debe estar encerrada, por permitirme darle un beso más a mi
madre y un abrazo más a mi hermano que vieron el partido conmigo. El baile se
disfruta mejor con una o más personas al lado y, mucho mejor aún, si la persona
que te acompaña es alguien tan querida por uno.
Pero te maldigo por mi apuesta. Deje de ganar
dinero, eso por el que todo el mundo se ha vuelto loco por conseguir. Ese papel
con letras y números impresos por el que la gente está dispuesta a dejar la
vida. J.
Está bien, no te preocupes, el dinero a mi no me importa tanto, no todavía. Te
doy licencia a que te equivoques asi más seguido. Dame otra alegría. Otra
emoción, otra ilusión. No hay que preocuparse si al final no llegas a la tierra
prometida, lo tomaré como una desilusión más, pero al menos…-por favor- intenta
llegar.






